Quebec despide a un grupo de profesores marroquíes por introducir normas islámicas en la escuela pública
Un informe les acusa de prohibir el fútbol a las niñas, no explicar ciencia o educación sexual, rezar en las aulas, humillar y agredir a alumnos y, en general, someter la escuela a la influencia de la mezquita local.
Quebec ha necesitado siete años para actuar ante el entrismo musulmán en la escuela Bedford de Montreal. Le Journal de Montreal explica que los funcionarios llevaban tiempo en el cajón un informe de 97 páginas donde no aparece la palabra islam, pero todo el mundo entiende que habla del islam. Lo saben los padres, lo saben los maestros y lo saben los funcionarios que redactaron el informe. Durante siete años la administración educativa no ha hecho nada por proteger a los alumnos. Ahora el gobierno ha reaccionado porque el tema ha saltado a la prensa y ha expulsado a los once profesores señalados por formar un "clan religioso".
El primer ministro de Quebec, François Legault, ha hablado claro. Tras conocer el caso ha denunciado “el intento de un grupo de profesores de introducir conceptos religiosos islamistas en una escuela pública”. Recordó que Quebec había decidido hace tiempo sacar la religión de las escuelas. “Nunca aceptaremos volver atrás”", advirtió. El gobierno ha anunciado auditorías en diecisiete escuelas más donde hay sospechas de infiltración islamista. Ahora en Quebec el mensaje político está claro: si una escuela pública queda sometida a una lógica religiosa, el gobierno interviene.
Fútbol prohibido a las niñas, ciencia arrinconada y alumnos humillados
La imagen que emerge del caso Bedford es la de una escuela pública bajo disciplina islámica. Según el informe, los profesores marroquíes musulmanes habían creado un clima de control, intimidación y miedo dentro del centro porque seguían criterios educativos marcados por la visión islámica que recibían en la mezquita del barrio donde iban todos.
La influencia islámica se traducía en decisiones concretas en el aula y en el patio. Según el informe, las niñas no podían jugar al fútbol porque los profesores del "clan islámista" lo consideraban un deporte reservado a los chicos. La ciencia quedaba arrinconada o se impartía de forma insuficiente. La educación sexual prácticamente había desaparecido del recorrido escolar. Es decir, los alumnos no sólo recibían menos educación: recibían una educación filtrada por una moral religiosa contraria a la ciencia, el pensamiento crítico ya la educación sexual. Según los testigos recogidos, el caso del fútbol era el más llamativo pero todas las actividades quedaban sometidas a una visión conservadora de los roles entre hombres y mujeres.
El informe también recoge casos de humillación y agresiones en el aula impropios de la civilización occidental. El informe relata que algunos alumnos que no hacían los deberes estaban obligados a quedarse de pie contra la pared y era habitual estirar orejas para cometer errores. Los comentarios degradantes ante sus compañeros eran habituales, hasta el punto de que algunos testigos describen clases marcadas por el silencio, el miedo y una disciplina muy estricta.
El "clan islámico" que dominaba la vida de la escuela
El informe describe al grupo marroquí como un “clan” dentro del centro que dominaba la vida diaria de alumnos y profesores. Profesores contrarios a las prácticas del grupo expulsado también eran víctimas de la intimidación y el miedo. Compañeros también musulmanes que cuestionaban sus métodos quedaban señalados, presionados o aislados. Las reuniones se convertían en espacios de tensión, las críticas eran rechazadas y cualquier intento de poner límites terminaba con represalias. El fin de los críticos era pedir el traslado.
Bedford no era sólo una escuela con alumnos sometidos a disciplina islámica: era un centro donde una parte de los profesores había logrado imponer el miedo también a sus propios compañeros. El resultado fue una escuela partida en dos. Por un lado, el grupo que imponía criterios, rechazaba críticas y controlaba el clima del centro. Por otro, profesores que intentaban denunciar lo que ocurría y que acababan intimidados o aislados. En medio, los alumnos: niños y niñas que crecieron durante años dentro de un ambiente de tensión, censura y sumisión sin que nadie hiciera nada.
El informe que lo explica todo sin decir “islam”
El informe explica lo ocurrido, pero esconde el nombre del problema. Habla de “modelo cultural”, de “visiones distintas de la educación” y de “fuerte influencia” de la mezquita, pero evita escribir la palabra islam. Llega a hablar de profesores rezando en el aula y haciendo “abluciones” en los lavabos pero siempre envuelto en lenguaje administrativo. No habla de entrismo islámico, habla de "tensiones". No habla de presión religiosa, habla de "influencia comunitaria". No habla de una escuela pública sometida a criterios islámicos, habla de "modelos educativos". Y así todo durante 97 páginas que recogen todo tipo de testigos que se atrevieron a hablar en algún momento de los últimos siete años.
El papel del sindicato también forma parte del problema. Durante años, el caso Bedford quedó atrapado en la maquinaria habitual de los conflictos laborales: quejas, reuniones, tensiones internas y protección corporativa del profesorado. Cuando finalmente el Ministerio de Educación ha retirado las licencias se ha limitado a decir que el proceso de investigación está "viciado" y ha anunciado que apoya a los profesores si deciden recurrir la revocación. Por el sindicato, el centro del debate no son los niños de Bedford sino los derechos laborales de los implicados.
En cambio, la respuesta política a Quebec es contundente y casi unánime. Los partidos de la oposición apoyan a la revocación de las licencias: la liberal Michelle Setlakwe dice que no quieren a estos profesores “cerca de nuestros hijos”, Pascal Bérubé, del Partido Quebequés, avala la decisión. Incluso la extrema izquierda de Québec Solidaire, afirma que es “muy bueno” que sean despedidos y que esto es lo que iba a pasar. A diferencia de lo que a menudo ocurre, nadie ha convertido el caso en una denuncia de islamofobia ni de estigmatizar a la comunidad musulmana.
Los críticos habituales en la cruzada laicista del gobierno de Quebec se han quedado sin argumentos con el caso de Bradfod. El gobierno ha tomado el caso de Bredford para mostrar justamente que es necesario reforzar la apuesta. Después de años de silencios, eufemismos e informes que evitan llamar “islam”, Quebec decide actuar con sanciones, revocaciones de licencias, auditorías y nuevas normas. La discusión sigue abierta, pero el mensaje institucional está claro: la religión puede existir en la sociedad, pero no puede gobernar la escuela pública.
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