El Ayuntamiento de Barcelona gasta 44.000 euros para «conocer las prácticas musulmanas que llevamos dentro»

Las jornadas Gatzara de la Fundación musulmana Bayt al Thaqafa difunde un relato que convierte cualquier influencia histórica musulmana en una raíz esencial de la identidad catalana.

Propaganda simplificadora de las Jornadas Gatzara

El Ayuntamiento de Barcelona acaba de hacer pública una nueva subvención de 7.000 euros en la Fundación Bayt al-Thaqafa para organizar las Jornadas Gatzara. Con esos 7.000 euros, las Jornadas Gatzara han recibido ya 44.000 euros del Ayuntamiento de Barcelona en cinco años. La concesión aparece en la resolución publicada el 29 de julio de 2026 y financia unas actividades que la entidad presenta como un espacio «conocer y compartir las prácticas de raíz musulmana que llevamos dentro».

La cifra puede parecer modesta, pero no refleja todo el coste público de las jornadas: a la subvención directa hay que añadir la cesión de espacios municipales, la participación de personal del Ayuntamiento y los recursos públicos destinados a la difusión de las actividades.

Bayt al-Thaqafa no es una entidad cualquiera en el ecosistema municipal. Esta entidad subvencionada también gestiona la Oficina de Asuntos Religiosos de Barcelona (OAR), un servicio único en España que funciona demasiado a menudo como una plataforma institucional de normalización y difusión del islam. Un ejemplo es la presión que la oficina religiosa hizo en las escuelas durante el Ramadán de 2026 para que eliminen la música durante el Ramadán por respeto religioso. En Sant Andreu, esta política llegó a convertir la misma sede del distrito en un espacio de culto musulmán con un programa específico de Ramadán que incluía una oración colectiva precedida por la llamada a la oración dentro de un equipamiento municipal. Paralelamente, la OAR hizo formaciones para que los profesionales sanitarios adaptaran la alimentación, la hidratación y los horarios de medicación de los pacientes a las exigencias del ayuno religioso, incluso en casos de‘'‘embarazo. El resultado es que la OAR moviliza recursos y servicios públicos para que la sociedad catalana adapte su funcionamiento a las prácticas islámicas.

Las Jornadas Gatzara completan esta operación en el plano emocional e identitario. Para justificar que los servicios públicos se adapten al islam, hay que convencer a los catalanes de que el islam no es una realidad externa o sobrevenida, sino una raíz propia que siempre habríamos llevado dentro.

El Ayuntamiento de Barcelona gasta 44.000 euros para «conocer las prácticas musulmanas que llevamos dentro»

Sin el islam los catalanes no sabrían contar hasta diez

La operación de marketing municipal para promover el islam queda condensada en uno de los carteles más efectistas de las Jornadas Gatzara: «Si te parece útil contar hasta diez, agradécelo a la ciencia árabe». La frase pretende provocar un impacto inmediato con una exageración calculada: toma una transmisión científica real, la eleva a condición imprescindible de la civilización europea y sugiere que, sin el mundo árabe-musulmán, los catalanes no sabríamos ni contar.

La exageración no es accidental. Theo Loinaz, profesor de la Universidad de Barcelona y ponente principal de la jornada, admitió que el debate no giraba realmente en torno a la ciencia, sino de la identidad: se trataba de presentar el legado producido en contextos islamizados como parte constitutiva de Europa y de acercarlo a los musulmanes actuales.

Sin embargo, esta operación no queda cerrada entre las cuatro paredes de una jornada. La Oficina de Asuntos Religiosos, gestionada por Bayt al-Thaqafa, la hace circular por el entramado municipal de la interculturalidad como el Espai Avinyó o el Programa Acción Intercultural o los recursos del antiracismo. Así es como el relato de la deuda científica con el islam termina convertido en actividades escolares, formaciones para el profesorado, guías pedagógicas y orientaciones para los profesionales de los servicios públicos. Un ejemplo es el proyecto Barxiluna de la Oficina de Asuntos Religiosos para revisar museos o libros de texto. En una de las sesiones se llegó a denunciar que no reconocer al pasado científico islámico como patrimonio catalán genera «violencia simbólica» y tiene consecuencias sobre la autoestima, la salud mental y la vida» de los alumnos. La misma idea reaparece en materiales como la guía antirracista del Ayuntamiento, que pide a los profesores hablar del «origen árabe» de las matemáticas o que el castellano tiene palabras de origen árabe. Lo que Gatzara convierte en eslogan y Barxiluna en herida psicológica entra en el aula como método para combatir el racismo.

El recorrido siempre termina en el mismo sitio: la deuda histórica se convierte en obligación presente y el ciudadano es empujado a aceptar como reparación lo que antes hubiera podido discutir. Aceptar cementerios segregados, menús halal, hiyab o salas de oración sería la consecuencia natural si aceptamos que Catalunya es islámica.

La deuda se puede pagar con una sala de oración

La situación actual no ha aparecido de la nada. Ya en 2016, un informe de los activistas musulmanes de Ada Colau presentaba la falta de oratorios en las empresas y universidades como una muestra de islamofobia. Cinco años después, las Jornadas Gatzara concretaron la receta: reservar una sala dentro de la empresa e indicar la dirección de la Meca.

La concreción fue formulada por el empresario del sector halal Javier Albarracín. durante la primera edición de las Jornadas Gatzara, dedicada a la multiculturalidad y gestión empresarial. Según Albarracín, adaptar la empresa a la religión (musulmana) no sólo favorece la inclusión, sino que mejora la relación con trabajadores, clientes y distribuidores musulmanes.

El recorrido quedaba completo. Primero se presenta a la comunidad musulmana como parte constitutiva de sociedad la identidad catalana; después se adaptan los horarios, los menús y los espacios a sus prácticas «porque sin ellos no podría ni contar hasta diez». Y es necesario ser agradecido.

Los catalanes que se insultan a sí mismos

El presidente ejecutivo del IEMED, Senén Florensa, hizo una gran pirueta identitaria durante la presentación de las jornadas Gatzara de 2021. Según él, vivimos inmersos en palabras, tradiciones y referencias de origen árabe-musulmán sin ser conscientes de ello. Y la conclusión es que hay que explicar a la sociedad que hay palabras en el catalán de origen árabe o que el turrón o la mona tienen origen musulmán. Hacerlo es la receta para que los ciudadanos encuentren un patrimonio compartido y comprendan que sin el islam no podría entenderse Catalunya. Y así es como eespera que quienes tienen «manías extrañas» contra el islam «se les caiga el velo de los ojos» . Ve tan clara la participación del islam en la identidad catalana que afirma que los catalanes que rechazan el islam «se están insultando a sí mismos».

La jugada es perfecta: se parte de verdades históricas sobre influencias lingüísticas y culturales y se acaba presentando el rechazo a la islamización contemporánea como una forma de autoodio. Ya no discrepas sobre el presente; te equivocas sobre quien eres.

El activista a sueldo de CIDOB Moussa Bourekba completó el argumento en la ponencia dedicada a «deconstruir la islamofobia». Explicó que el rechazo al islam crece con la visibilidad de prácticas islámicas como «llevar el hiyab, tener comida halal, pedir la construcción de oratorios». A su juicio, el mensaje de fondo de Occidente es que «el buen musulmán es el musulmán invisible».

Sin embargo, en este esquema no cabe la posibilidad de que un musulmán decida libremente vivir la fe en el ámbito privado. Si no reclama menús, oratorios ni adaptaciones, y no convierte a la religión en identidad pública, simplemente desaparece del relato. No sirve para denunciar la hostilidad occidental, ni para justificar nuevas políticas de ’inclusión« ni necesita a activistas que hablen en su nombre.

La trampa queda así cerrada: si el islam se hace visible, debe aceptarse; si no se hace visible, es porque Occidente le ha obligado a esconderse. El musulmán discreto ni puede pensarse porque desmonta el argumento: demuestra que se puede tener fe sin exigir que toda la sociedad se adapte a ella.

La trampa queda así cerrada: si el islam se hace visible, debe aceptarse; si no se hace visible, es porque Occidente le ha obligado a esconderse. El musulmán discreto ni puede pensarse porque desmonta el argumento: demuestra que se puede tener fe sin exigir que toda la sociedad se adapte a ella.

Las 21 tumbas que prueban una civilización

Khalid Ghali, entonces comisionado de Diálogo Intercultural y Pluralismo Religioso del Ayuntamiento de Barcelona, encon un sueldo de 68.612 euros brutos anuales, sacó del sombrero a las Jornadas Gatzara de 2022 el gran argumento arqueológico del proyecto Barxiluna creado por el entorno religioso del Ayuntamiento: el supuesto cementerio musulmán del siglo XI del Borne. A su juicio, era «grandísimo» y demostraba que en Barcelona había habido una "comunidad importante" de musulmanes. Grandísimo: diecinueve o veintiuna tumbas. Con este criterio, cualquier panteón familiar acredita a una civilización entera y permite reescribir la historia del Mediterráneo. Ghali no da cifras, no explica el perfil de los enterrados ni aclara qué permite concluir realmente el hallazgo.

Lo que Ghali omite es la sorpresa desagradable que tuvieron cuando presentaron el hallazgo. Dolors Bramon tuvo que cortar el relato y recordar, visiblemente molesta, que 21 tumbas «no son el cementerio islámico de Barcelona, ni mucho menos». El que había en el presunto cementerio hombres jóvenes o adultos con signos de vida dura, y uno de los individuos llevaba gajos en los tobillos. Lejos de demostrar una comunidad musulmana arraigada y normalizada, el yacimiento podía apuntar a la presencia de cautivos o esclavos musulmanes en una Barcelona cristiana. Es decir, volvieron a invocar como gran prueba precisamente un cementerio que desmentía el relato que querían construir.

Ghali no se limita a exagerar el yacimiento. También convierte su propio trabajo municipal en una misión de reeducación histórica: habla de «vacío histórico», de «negación» y de la necesidad de crear espacios que rompan la supuesta «lucha de ignorancias». Es decir, el Ayuntamiento no sólo debía gestionar el pluralismo religioso, sino también decidir qué pasado debían asumir los barceloneses y qué relato había que corregir. Ghali explica también qué entiende el Ayuntamiento por «reconocimiento de la diversidad» con una anécdota escolar. Una maestra dice que una alumna recién llegada «no habla nada» y él replica que habla amazige, árabe, darija y tiene nociones de francés. La lección es que «los demás también son portadores de conocimientos, de saberes, de culturas». Parece una obviedad elevada a política pública: nadie niega que una alumna pueda hablar cuatro idiomas; el problema práctico es que todavía no habla las lenguas de la escuela. Pero Ghali transforma una necesidad elemental de aprendizaje en una escena de desprecio institucional hacia una niña. Por 68.612 euros anuales, un cargo público riñe la escuela por decir que una recién llegada no habla la lengua vehicular porque es no reconocer sus «saberes».

Millones de euros para que aprendamos a ser catalanes

Los 7.000 euros de las Jornadas Gatzara de 2026 elevan a al menos 44.000 euros la financiación municipal acumulada por el proyecto desde su primera edición. Pero esa cantidad es sólo la punta del iceberg del entramado público que para difundir el islam y promover la llegada de más inmigrantes musulmanes.

Según su propia web, Bayt al Thaqafa ha recibido unos 23 millones de euros de fondos públicos entre 2020 y 2025 entre subvenciones, contratos y servicios a la administración. Len fundación se presenta como una organización no gubernamental, pero aproximadamente el 70% de sus ingresos proceden de subvenciones públicas y el 23% de la prestación de servicios y contratos como el de la OAR. Gran parte de estos recursos financian la acogida y orientación de inmigrantes, el asesoramiento jurídico y el apoyo para acceder a la vivienda, la sanidad o el empleo.

El mensaje que recibe el inmigrante musulmán de Bayt al-Thaqafa es fácil de concluir: ha llegado a un sitio que valida públicamente su identidad religiosa y adapta instituciones a sus necesidades espirituales. Y no es por amabilidad, porque una parte de Catalunya ya le pertenece culturalmente. En el relato de Gatzara, el inmigrante musulmán no llega a un país con unas raíces distintas a las suyas; ha llegado a un país que las había olvidado.

La partida de dinero público más importante en Bayt al-Thaqafa corresponde a la gestión de la Oficina de Asuntos Religiosos de Barcelona donde no compite con nadie en la puja. Los dos contratos adjudicados por el Ayuntamiento en 2018 y 2022 suman casi 968.000 euros. Desde esta oficina se ofrece asesoramiento, formación y mediación en materia religiosa en escuelas, servicios públicos y equipamientos municipales. Es, en definitiva, la correa de transmisión que convierte en directrices administrativas muchas de las ideas que Gatzara prepara antes en lo cultural e identitario.

A esta relación estable se añaden encargos puntuales de otras administraciones: talleres para profesorado en Marruecos, formaciones sobre racismo en el Parlamento, diálogo interreligioso, diversidad o participación. Sobre el papel, todo entra en la ’interculturalidad«; en la práctica, el islam reaparece una y otra vez. Lo que nunca se encuentra es el mismo interés por la cultura japonesa, filipina, italiana, peruana o rumana. La diversidad municipal parece tener una puerta de entrada preferente que hace que lo intercultural acaba siendo lo islámico pero con un nombre más amable.

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