Tariq Ramadan (Hermanos Musulmanes) participó en la definición de islamofobia del Ayuntamiento de Barcelona para silenciar la crítica al islam
Intelectuales marxistas, activistas y diputados marroquíes, entidades subvencionadas y otros autores redefinieron los límites del debate para convertir la crítica al islam en racismo.
Durante la era de Ada Colau, el Ayuntamiento de Barcelona impulsó una definición institucional de islamofobia que blindó al islam ante la crítica. En este proceso, figuras y activistas vinculados al islam político adquirieron un papel central como voces expertas y referentes morales. Entre ellas, Tariq Ramadan, intelectual de referencia de los Hermanos Musulmanes, participó en la construcción de un marco conceptual que acabó asimilando la crítica religiosa, doctrinal o cultural al islam con una forma de discriminación. El resultado fue una restricción del debate público y una redefinición de los límites de lo que puede decirse sobre el islam en la Barcelona institucional.
Este ecosistema no se articuló en torno a un solo nombre, sino a un perfil recurrente que se repite con pocas variaciones: académicos de raíz marxista, activistas marroquíes con trayectorias asociativas y feministas autóctonas antirracistas. En este proceso no se escuchó a mujeres musulmanas víctimas de coerción, voces disidentes, apóstatas ni voces de creyentes críticas con la doctrina. Asimismo, se legitimaban interlocutores polémicos como Najia Lotfi, Taoufik Cheddadi o Wafaa Moussaoui que hablan en nombre de "la comunidad"“. El resultado fue un relato cerrado y homogéneo que el Ayuntamiento asumió como propio y que excluyó deliberadamente cualquier cuestionamiento interno o externo del islam.
Tariq Ramadan, el asesor religioso de Colau equidistante con las lapidaciones
El Ayuntamiento presenta en los documentos a Tariq Ramadan como un experto académico en islam y en la situación de los musulmanes en Occidente. Se le describe como doctor en islamología y profesor de Oxford. Esta credencial académica le permite entrar en instituciones, universidades y administraciones públicas como voz autorizada, aparentemente técnica y neutral. Es precisamente esa aura de experiencia la que le convierte en una figura especialmente influyente. Que sea nieto del fundador de los Hermanos Musulmanes no es un detalle biográfico menor ni una coincidencia familiar, sino la clave para entender su papel y su discurso. Esta filiación explica tanto su visión del islam como sistema moral total como su estrategia de presentar el islam político con un lenguaje aceptable para las instituciones occidentales.
Detrás de la fachada suave y dialogante, sin embargo, múltiples gobiernos, investigadores y tribunales han señalado un patrón constante de doble discurso. Ante un público occidental se presenta como moderado y defensor de la convivencia; en otros contextos evita condenar prácticas como la lapidación -limitándose a pedir una "moratoria"- y promueve una lectura identitaria del islam incompatible con el laicismo. Ramadan fue vetado durante años en Estados Unidos por sospechas de apoyo a organizaciones islamistas terroristas, fue rechazado como ciudadano francés por el gobierno de Manuel Valls, y finalmente cayó en desgracia a partir de 2017 con múltiples acusaciones de violencia sexual.
Todo ello dibuja un perfil inequívoco: Ramadan no es un puente neutral entre culturas, sino un ideólogo que utilizó el prestigio académico y el discurso de derechos para avanzar en un proyecto identitario y político, y que durante años fue legitimado por instituciones europeas sin que se cuestionara lo suficiente ni la agenda ni las consecuencias. Y una de ellas fue el Ayuntamiento de Barcelona que no le tuvo en cuenta ni las acusaciones de violación ni los vínculos con una organización que quiere islamizar Occidente y que ha sido prohibida en varios países por lazos con el terrorismo.
Islamofobia a medida de los promotores del islam político
El marco municipal contra la islamofobia no se construyó a partir de criterios de la defensa universal de los derechos humanos, sino a través de actores con una agenda ideológica islámica explícita. Por ejemplo, hay figuras como Najia Lotfi que entonces era diputada en Marruecos por el partido islamista Partido de la Justicia y el Desarrollo, vinculado ideológicamente a los Hermanos Musulmanes. Entre sus aportaciones se encuentran informes donde se define como islamofobia no tener espacios de oración para los funcionarios del ayuntamiento.
Este enfoque revela hasta qué punto la lucha contra la discriminación se desplazó hacia la satisfacción de demandas confesionales. En este marco, también se define como islamofobia la inquietud de los profesores sobre el hiyab. Los informes consideran sospechosa cualquier mirada crítica sobre el velo y la recalifican como una expresión de prejuicio antimusulmán. Para “corregir” esta situación, el Ayuntamiento impulsó programas de formación específica dirigidos a profesionales de la educación y del sector público, con el objetivo de detectar y prevenir conductas consideradas islamófobas.
Islamofobia es que los funcionarios no puedan rezar en el trabajo
Pocos meses después de la llegada de Ada Colau a la alcaldía, el Ayuntamiento asumió como marco de referencia un primer informe impulsado por SAFI (Stop a los Fenómenos Islamófobos), en el que participaba Najia Lofti. La banquera islámica defensora del burka que entonces era diputada de Marruecos por el Partido Justicia y Democracia, vinculado ideológicamente con los Hermanos Musulmanes.
La idea del informe era identificar los supuestos "problemas" que afectaban a la población musulmana en Barcelona. El documento redefine la islamofobia de forma expansiva hasta incluir la ausencia de salas de oración en centros de trabajo públicos o la no adecuación de horarios en la oración, situaciones que pasan a leerse como agravios institucionales
Islamofobia para tapar vulneraciones de derechos humanos
Este relato no se construyó sólo con figuras del islam político, sino con el apoyo activo de’intelectuales occidentales dispuestos a legitimarlo. Pensadores como Santiago Alba Rico, de raíz marxista, contribuyeron a presentar cualquier crítica al islam como una expresión de colonialismo cultural o racismo estructural, desplazando el debate del terreno de los derechos humanos al de la culpa histórica de Occidente. En paralelo, actores religiosos como Taoufik Cheddadi, imán y divulgador, defendían abiertamente postulados doctrinales.como la obligatoriedad del velo o la superioridad moral del islammientras eran aceptados como voces legítimas en espacios de convivencia y diversidad. Ésta alianza entre islam político e intelectualismo antiliberal permitió blindar un relato sin necesidad de imposición formal.
Lo relevante es que este marco no se agotó con el fin del mandato de Ada Colau. La definición expansiva de islamofobia, el miedo institucional a la crítica y la priorización de la acomodación religiosa sobre la neutralidad siguen impregnados en la acción política municipal. El resultado es una ciudad en la que muchos profesionales, feministas y ciudadanos se autocensuran. Un ejemplo claro es las prácticas de segregación y control sobre niñas y adolescentes musulmanas que denuncia la entidad Por Elles con la oposición de toda la maquinaria institucional y del feminismo en general.
El resultado de todo ello es que hoy este marco ya opera como un sentido común político: nadie cuestiona protocolos, informes ni formaciones; nadie revisa los límites entre neutralidad y acomodación; nadie quiere abrir un debate que el relato oficial ha convertido en tabú. El silencio ya no se impone desde arriba: se ha interiorizado.
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