«Si robas a nuestros abuelos, asume las consecuencias»
Las patrullas vecinales de Bellvitge (Hospitalet) colocan carteles en las entradas del barrio para alertar a los delincuentes de lo que se pueden encontrar.
Imagen de uno de los rótulos en la entrada de Bellvitge (Hospitalet)
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Los vecinos de Bellvitge, en Hospitalet de Llobregat, han decidido actuar por su cuenta ante el incremento de robos y agresiones, especialmente contra las personas mayores. Esta semana, varias entradas del barrio han aparecido con carteles con el mensaje contundente: «Si robas a nuestros abuelos, asume las consecuencias». Detrás de la iniciativa están las patrullas vecinales, grupos organizados de residentes que recorren las calles de noche para disuadir a los delincuentes y proteger a los vecinos más vulnerables.
Los miembros de estas patrullas denuncian una sensación de impunidad por parte de las autoridades y una presencia policial insuficiente. Aseguran que no se trata de violencia, sino de vigilancia activa. Pero el mensaje está claro: «en Bellvitge, los vecinos no vamos a callar».
Bellvitge es uno de los barrios más emblemáticos y populares de Hospitalet. Va nacer en los años 60 como barrio de promoción obrera, construido para acoger a miles de familias inmigrantes llegadas de otros puntos de España. Con grandes blogs, espacios abiertos y un tejido social muy activo, Bellvitge ha sido históricamente un ejemplo de organización comunitaria y reivindicación vecinal.
Sin embargo, en las últimas décadas el barrio ha vivido un proceso de degradación urbana y social. El paro, la precariedad, la carencia de inversiones públicas y la llegada de delincuencia organizada han alimentado una sensación de abandono institucional. Los vecinos aseguran que las agresiones a la gente mayor, los robos de móviles y bolsas, y la ocupación de pisos han aumentado. Y ante la inacción, algunos han decidido pasar a la acción.
Entre la autoorganización y la desesperación
Las patrullas vecinales de Bellvitge no son nuevas. Ya surgieron en otros momentos de tensión, pero la ola actual de delitos ha hecho estallar la indignación colectiva. El cartel de los «abuelos» es sólo una muestra: un aviso claro a delincuentes, pero también una llamada de auxilio a las administraciones.
Mientras las instituciones simulan que no pasa nada, Bellvitge ha decidido no esperar más. Y lo hace con lo que siempre ha tenido: autoorganización, orgullo de barrio y una memoria colectiva que no olvida de dónde viene.
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