Pakistaní asesina a su hija en Inglaterra y nadie dice nada por no ser racista
Médicos, profesores, servicios sociales y vecinos no dijeron nada de los malos tratos que sufría la niña desde que nació. Su padre la mató con 10 años después de una vida de torturas.
En agosto de 2023, Sara Sharif, de sólo 10 años, fue hallada muerta en su casa de Woking (Inglaterra). Su cuerpo presentaba múltiples lesiones, algunas recientes y otras antiguas. Según The Guardian, Sara Sharif presentaba al menos 71 lesiones externas, incluyendo contusiones, abrasiones, heridas compatibles con quemaduras y fracturas, signos inequívocos de un maltrato prolongado y repetido. La revisión oficial del Surrey Safeguarding Children Partnership concluye que la niña había sido sometida a "violencia prolongada, coercitiva y sistemática" durante años.
El informe que ha salido a la luz es igual de escalofriante que las lesiones: revela que ningún profesional intervino con contundencia pese a las diversas oportunidades de protección. Maestros, sanitarios y servicios sociales detectaron irregularidades, pero la revisión concluye que “el miedo a ser percibidos como racistas” frenó preguntas esenciales, detuvo denuncias y dejó a la niña completamente desprotegida hasta el final.
Vecinos que sospechaban… y que no hablaron
La revisión oficial explica que los vecinos de la familia Sharif no eran ciegos a lo que ocurría: tenían la sensación de que “algo no iba bien” con la niña y que podía estar siendo maltratada. Algunos comentaron entre ellos la posibilidad de llamar a la policía oa los servicios sociales. Pero esa inquietud nunca se tradujo en una denuncia formal. Varios relatos recogidos después de la muerte de Sara indican que en el vecindario existían preocupaciones concretas sobre su bienestar que simplemente no llegaron a ninguna autoridad.
La clave, según la revisión, es tan clara como devastadora: muchos vecinos reconocen que no avisaron por miedo a ser tildados de “racistas”, especialmente en las redes sociales, dado que se trataba de una familia de origen paquistaní. El informe recoge literalmente que “la raza fue un impedimento para informar de un posible abuso infantil” y que algunos adultos temían ser señalados públicamente si se equivocaban.
Padre violento, maestros ausentes e hiyab a los 7 años
La revisión oficial describe a Urfan Sharif como un padre violento, controlador y manipulador, con un historial conocido de abusos domésticos y comportamiento coercitivo. Estos datos no eran ningún secreto: constaban en registros previos y habían sido comunicados a varios servicios públicos.
Los maestros de Sara también habían detectado hematomas recurrentes, excusas incoherentes y un creciente aislamiento de la niña. Pese a este panorama, el informe concluye que los profesionales fueron “sobrepasados y engañados” por el padre, y sobre todo, que no siguieron los protocolos mínimos de investigación, permitiendo que la situación empeorara hasta un punto irreversible.
Un elemento clave que la revisión destaca —y que varios profesionales reconocieron a posteriori— es que Sara empezó a llevar hiyab de forma repentina hacia los 7 años. Este cambio generó inquietud interna, pero nadie se atrevió a preguntar por miedo a “causar ofensa” oa ser percibido como alguien que cuestionaba una práctica religiosa. Según el informe, ese silencio fue crítico: el hiyab permitió esconder lesiones visibles en la cabeza y en el rostro, incluyendo contusiones, cortes y marcas consistentes con maltrato continuado.
Los revisores lo expresan sin tapujos: “la miedo a ser acusados de racismo impidió preguntas que podían haber revelado el abuso”" Este temor , sumado a la falta de coordinación institucional , dejó a Sara atrapada en un entorno de violencia sin ningún adulto dispuesto a enfrentar la realidad " .
Una madre ignorada y sistema roto
La madre de Sara es polaca y perdió la custodia de la niña en el proceso de divorcio. Hacía años que avisaba de que algo no iba bien pero al igual que durante el divorcio nadie le hizo caso. Cuando vio a la niña por última vez, notó cambios preocupantes: Sara estaba más tensa, menos comunicativa, y le confesó que quería volver con ella. Pero los tribunales y servicios sociales mantuvieron la custodia al padre, a pesar de su historial. La madre denunció repetidamente que se la trataba como una exagerada, como alguien que "no aceptaba la situación"“, y que sus preocupaciones fueron sistemáticamente descartadas.
Tras la muerte de la niña, Olga describió lo que vivió como una “tragedia anunciada”". Afirmó que había alertado sobre la conducta violenta del padre, sobre la forma en que Sara cada vez parecía más asustada. Ninguna de estas alertas hizo reaccionar el sistema. Por eso, cuando finalmente tuvo que identificar el cuerpo de Sara, la madre dijo una frase que ha quedado grabada en todos los que han seguido el caso: “"No reconocía a mi hija. La dejaron sola, y nadie la protegió."” El informe oficial le da, en gran parte, la razón: el sistema falló, los profesionales fallaron, y el miedo social a parecer racista pesó más que la voz de una madre que sólo quería evitar exactamente ese final.
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